Tengo unos vecinos, pegados a mi ventana, cuyo perro empieza a ladrar a las 7:30 de la mañana a todo aquello que se mueva delante de su puerta, esto viene a ser: ladridos intermitentes, cada quince minutos hasta aproximadamente las 11:30. Y me acuerdo, cada vez que ladra, de una tortura china que me contaron en mis clases de Psicología (que abandoné antes de acabar el primer año) sobre como los chinos, en tiempos de guerra, dejaban que el prisionero se durmiera para despertarlo poco después y que se volviera a dormir de nuevo, para volver a despertarlo…hasta el infinito. Hasta que el prisionero se volvía loco.
Tengo una abuela que llama desde la otra punta del país para llorar por teléfono y para quejarse de la mala vida que no ha tenido, pero que ella cree que sí. Y hoy llora porque se ha quemado el negocio de mi tío. Y esta llamada no tiene otro fin que el de reclamar ayuda humanitaria. Y yo me enfado, mucho, por que la tomadura de pelo ya es suprema.
Tengo un vecino que pone la televisión tan alta que no me queda otro remedio que cerrar las ventanas si quiero oír la mía, bajo el riesgo de morir deshidratada en la sauna que es estos días mi casa. Al fin apaga la televisión y puedo oír yo la mía, corro a abrir las ventanas justo al tiempo que él agarra un martillo hidráulico; y vuelvo al sofá, abatida y sudorosa. Y con las ventanas cerradas.
Tengo un café con Teks, hasta que a última hora me lo cancela porque le ha picado no sé sabe qué en el tobillo y se le ha hinchado tanto que, a estas horas, ya parece un melón. Y entonces ya no tengo más remedio que quedarme en casa, adherida, literalmente, al sofá en estado semi-vegetativo, enterándome de quién es la nueva novia de Paquirrín o de si María Teresa Campos y su hija se han echado novio a la vez; que no es el mismo, deduzco.
Tengo la suerte de que Wap me acoje en su casa cada miércoles, donde no hay perros, ni abuelas que lloran, ni televisores a todo trapo; donde todo, al explicarlo, se distancia y cobra otra dimensión…