Tan sumergida estoy en mi proceso creativo que apenas me doy cuenta del abejorro que ha entrado en la habitación; pero en cuanto lo veo salgo disparada escaleras (sí, la misma que se rompió) abajo. A media escalera pido socorro:
- Biiic, Biiic…..¡ha entrado una avispa en la habitación!…Biiiic…
Bic sigue viendo la tele, ajeno totalmente a mi desgracia e inmutándose lo justo por mis alaridos de histeria absoluta.
- Biiiic…¡que ha entrado una avispaaaa!
- Pues métete debajo de la mesa y espera a que se pase…- se digna a contestar.
- ¡Es una avispa, no un terremoto! ¡Haz algo!
Suspira, se levanta del sofá refunfuñando y me dice que me aparte, que él lo soluciona. Para esto es bueno tener hombres en casa, pienso; si llega a ser por mí, declaro el estado de emergencia en la habitación y la sello herméticamente hasta pasado el periodo de cuarentena. Sube las escaleritas, mientras yo le espero abajo (im)pacientemente, gritándole todo el rato: ¿Cómo lo llevas? Tras quince minutos sin recibir señales suyas, subida a la mitad de la escalera, le pregunto de nuevo: ¿Cómo lo llevas?
- Ssssh….- me responde, como si la avispa fuera a descubrir nuestra conspiración.- Ya casi está…
Escucho pasos, golpes y algo que parece un gritito ahogado. Me decido a abrir la trampilla, lo justo para mirar de reojo:
- ¿Cómo lo llev……
Enmudezco ante el panorama dantesco: Bic, tirado en el suelo, armado con el último Vogue hecho un rollito, espera a que pase el terremoto:
- Ssssh…..que la tengo encima ¡que me va a picar!
Y se queda así, bien quietito, esperando a que se pase…