Agosto 26, 2007...10:16 pm

…(Punta Cana 1/3)…¿Volar o no volar? Ésa es la cuestión

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        04:30 a.m. Me despierto a seis horas de salir para el aeropuerto. Es muy de noche aún y estoy nerviosa. Voy al baño y descubro que algo no va bien; siento ciertas molestias que me resultan familiares y que no son, en absoluto, un buen presagio. Me tumbo en la cama, más nerviosa aún, sin poder dormir y doy vueltas, muchas vueltas. Me levanto de nuevo, voy a la cocina, bebo agua, vuelvo a la habitación, me acuesto de nuevo, y de nuevo me levanto para ir al baño otra vez. Despierto a Wap: - Tenemos que ir al médico.- le digo.

        Para cuando llegamos a Urgencias, apenas hay gente, lo que me hace pensar que me atenderán pronto, pero tras esperar dos horas, deduzco, que igual me equivocaba. Entro en una habitación de donde salen y entran enfermeras constantemente, interrumpo su animada charla y les pregunto si saben cuando me va a tocar: - Ah, mira, aquí está tu ficha…Eres la primera de la bandeja número cinco. Lo de primera me ha gustado, lo de número cinco no tanto; me informa de que cinco es la prioridad y que va del uno al cinco (no, no funciona tipo cuenta atrás). Le pregunto si creen que aún tardarán mucho en llamarme y en un acto de sinceridad titánica (si no llega a ser por el dolor, igual me las como de un bocado ahí mismo) ambas arrugan su boquita de piñón en una mueca de condescencia: – La verdad, te queda bastante… Tras las dos horas de espera que ya llevo, me pregunto qué debe significar bastante para ellas; pero ante el dilema de ¿confrontación o compasión? me decanto por la segunda y con una expresión que suma dolor, pena y aflicción a partes iguales, los ojos vidriosos y la voz débil, agarro a una de ellas por el antebrazo, buscando un contacto que refuerce mis palabras y le susurro: - Yo sé…mm…esto que te voy a decir no tiene ningún tipo de prioridad médica…pero…yo tenía que estar en el aeropuerto cogiendo un avión a las 12 para irme de vacaciones…

        Dejan de fruncir la boca y petrificadas se llevan las manos a la cara en señal de: Oh, my God… Me prometen hablar con la doctora para agilizarlo todo al máximo y procurar que llegue a tiempo. Salgo a la sala de espera de nuevo y lloro mi desgracia; Wap no entiende porqué lloro, o sí, pero no quiere hurgar en la herida y sólo me dice que me tranquilice, que no pasa nada. - ¿Y si lo perdemos?- balbuceo. - No pasa nada, no pasa nada… 

       Una hora después entro en la consulta, me hacen pruebas varias y preguntas sobre las otra ocasiones en que me ha pasado lo mismo. Me hacen un análisis de sangre durante el cual una enfermera me distrae (sí, necesito distracción, como los niños chicos…) preguntándome cosas sobre el viaje. Para estas alturas ya todo el equipo sabe que lo mío se trata de una visita a contrareloj, pero para los resultados del análisis hay que esperar una hora larga. Ese larga me da mucho miedo, pero decidimos que Wap vaya a casa a hacer la maleta mientras yo espero el resultado. Un hora, dolorida y muerta de sueño, me voy quedando dormida en la sala de espera a modo de pequeñas cabezadas; para distraerme hurgo en mi bolso, tratando de encontrar algo que leer, con la (mala) fortuna de encontrarme una guía que me dieron en la agencia de viajes: Bienvenido a Punta Cana (República Dominicana) leo. Contemplo la playa desierta de la portada y lloro ante la desconcertada mirada de los que me rodean en la sala de espera. Abro la guía …Punta Cana posee algunas de las playas más paradisíacas del mundo, según calificaciones de la Organización Internacional de Turismo… y lloro …no deje de probar sus sabrosos cócteles realizados con exóticas frutas tropicales… y lloro …anímese a aprender unos pasos de merengue o bachata mientras cae el sol entre los cocoteros de la playa… y lloro aún más.

       Me despierta de mi sopor una voz que grita mi nombre y me hace pasar a la consulta. A los diez minutos ya estoy saliendo del hospital y Wap aparece, raudo y veloz, en la puerta con todas las maletas, listos para irnos al aeropuerto. Al final conseguimos llegar incluso una hora antes de lo previsto: - ¿Nadie os avisó de que habían cambiado vuestro vuelo?-me pregunta la chica del mostrador. Sin haber dormido en toda la noche somos incapaces de reflejar cualquier atisbo de expresividad en nuestros rostros, así que respondemos con un casi automático: - ¿Perdón? Total, que el vuelo no salía a las 14:00 sino a las 19:00 y así disponíamos de cinco horas muertas durante las cuales permanecer tirados por los suelos del aeropuerto, con todos nuestros bártulos desparramados a nuestro alrededor, al más puro estilo homeless; sin movernos, sin hablar, durmiendo con los ojos abiertos unas veces, y con los ojos cerrados, otras veces.

punta-cana-017.jpg

       Al fin, llega la hora de embarcar y, casi a rastras, llegamos a los asientos asignados. Aparece un grupo de seis personajes entre los 40 y 50 años, todos ellos hombres, haciendo gala de una segunda juventud en su máximo esplendor. Se quejan porque, por error, los sentaron separados en el avión y patalean y gruñen hasta que los sientan bien juntitos (justo detrás nuestro), para que puedan, durante el vuelo, seguir jugando a los cromitos. Justo cuando estamos todos sentados: cinturones abrochaditos, respaldos de los asientos en posición vertical y a punto de salir a pista, oigo detrás mío: - No puedo, no puedo, tío…me voy. Y alguien se desabrocha el cinturón, se levanta, saca todas sus cosas de los compartimentos de encima nuestro y se va hacia la puerta: - Pero, Jordi, tío, ¿dónde vas?- le grita su amigo. - Que me voy, que me bajo del avión, no puedo hacerlo…me va a dar algo… Y así, 250 personas ya bien encerraditas en el avión, observan estupefactas a un hombre de cincuenta años que jura y perjura tener que bajarse ante la posibilidad de sufrir un infarto de miocardio en pleno vuelo. Pero nuestro prófugo volvió tal y como se fue: bien rapidito y acompañado por un azafato que lo convenció de cuánto le iba a gustar volar. A partir de ahí, todo fueron muestras de condolencia con Jordi: – A mí también me da miedo volar, no te preocupes….- gritaba la gente en un surrealista efecto dominó. Y sí, rodeada de 249 cagones más, una vuela mucho más tranquila.


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